Viajo en un viejo carromato gris de soledad en la grata compañía de otros cadáveres, como el vivo de Vacas de Julio Médem.
Soy el típico personaje interesante al que no se tiene nada que decir, porque transmito claramente mi convicción de que nadie tiene nada interesante que decirme.
Cuando más o menos salía bien librado de la batalla diaria contra mi hermano subnormal, refugiándome en las faldas de mi madre, aprendí que odiar a los padres era lo correcto y me quedé con el culo al aire para siempre.
Mi padre me confesó que era menos inteligente que yo, y mi mejor amigo me aseguró que mi peor defecto era mi carácter insulso. Con estos dos ingredientes viajo aún, haciendo infelices a cuantos voy conociendo y rechazando.
Genético o inducido, mi carácter insulso, también seguramente definible como introspección, también seguramente definible como timidez, también seguramente definible como angustia, no me ayuda mucho.
Hay varias luciérnagas: la palabra, la hija, la hermana, la gente sencilla que no muerde el alma y sabe que yo no la mordería. Y la queja. Y ella.
Escribir entre líneas es viga en el propio, queja de los que se quejan. Lucidez desgastada.
¿Realmente? No hay soledad, convicción, batalla. Ni odio, angustia, lucidez. Palabra, sí.
domingo, diciembre 20, 2009
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